EDITOR
CRONOTEMIA Y OTRAS HISTORIAS DE VIAJEROS DEL TIEMPO
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Imagine ediciones, 2011


Fernando Marías, editor

Antón Castro, Luis Alberto de Cuenca, Patricia Esteban Erlés, Espido Freire, David Lozano, Ricardo Menéndez Salmón, Félix J. Palma, Pilar Pedraza, Pedro Ramos, Care Santos, José Carlos Somoza, Manuel Vilas.

¿Hijos de Mary Shelley?
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El 16 de junio de 1816, como es sobradamente conocido, un grupo de escritores que con el tiempo merecerían el rango de leyenda –lord Byron, John Keats, Percy Shelley- se reunieron alrededor de la chimenea en el salón de Villa Diodati, junto al lago Leman, y jugaron, durante la larga noche que así comenzaría, a idear historias de terror que se narraron unos a otros.
De aquella reunión surgió, engendrada en la mente de la única mujer presente, Mary Shelley, la más desgarrada historia de soledad y afán de amor que ha dado la literatura mundial: Frankenstein o el moderno Prometeo.

A lo largo de los casi dos siglos transcurridos desde entonces, muchos han sido los intentos de repetir en otras épocas y escenarios aquella noche esencialmente irrepetible; y, aunque ninguno de los escritores que participaron en ellas acabara por alumbrar monstruo más conmovedores que el de Mary, se dice que quienes osaron intentarlo sufrieron reveses personales y profesionales de diversos alcances. ¿Estaríamos, pues, ante una maldición?
Así como el monstruo de la novela era hijo del doctor Frankenstein, y este, a su vez, era hijo de la novelista, también podemos llamar hijos de Mary Shelley a todos aquellos escritores que a lo largo del tiempo han soñado con emular su obra inalcanzable. Tal sueño podría ser afluente de aquella maldición surgida en la larga noche de 1816. ¡Feliz estigma, amar la literatura de terror! Hermosa aventura, militar en la idea de que la palabra y la narración pueden, desde el terror, desde la esencia gótica y la fantasía desatada, explorar las más ominosas simas del alma humana, y también las más conmovedoras.
Confieso que, durante densos años, intenté tan apasionada como, acaso, burdamente copiar la noche de 1816. Fracasé siempre, pero perseveré, persevero y perseveraré: yo también soy, orgullosamente y sin poderlo ni quererlo remediar, hijo de Mary Shelley.
Y, por fortuna, no estoy solo.
Un día de 2010 (pero podía haber sido 1876 o 1906 o 1989… ¿Cabe cuadricular el tiempo? ¿O todo es una extensa sombra en la que, casi siempre a la intemperie, sin fuegos de hogar que nos consuelen de los desvalimientos, contamos historias para eludir la soledad?) convoqué a un grupo de seis hijos confesos de Mary Shelley, los voluntariamente malditos Patricia Esteban Erlés, David Lozano, Ricardo Menéndez Salmón, Félix J. Palma, Care Santos y José Carlos Somoza. Un anochecer de junio, en cierto escenario secreto de la Feria del libro de Zaragoza reciclado mágicamente para la ocasión en supuesto lago suizo, cada uno de ellos relató ante el público formado por un puñado de adeptos una historia de género fantástico cuyo tema pactado fue precisamente, y ante la imposibilidad de retornar a la añorada noche de 1816, el viaje en el Tiempo.
Así y allí nació Hijos de Mary Shelley.
Una asumida maldición que se concreta hoy en este libro, a cuyas páginas pronto se fueron sumando otros irredentos estigmatizados, deseosos de relatar sus experiencias: Antón Castro, Luis Alberto de Cuenca, Pedro Ramos, Pilar Pedraza y Manuel Vilas. Cada uno de ellos demuestra que las formas de entender el viaje en el Tiempo son tan variadas como el número de seres humanos. Más tarde, Enrique Flores ideó para la portada un reloj -¿relato de terror, reflexión metafísica?- de trazo tan aparentemente simple como hondamente inquietante. Felipe Samper, mago y diseñador, viajó con osadía hasta el pasado, y allí desenterró olvidadas fórmulas de maquetación para dar identidad al libro. Juan Bolea facilitó el acceso a la inventada villa junto al lago inexistente. Silvia Pérez Trejo habilitó las estancias para que nuestras voces quedaran impresas en papel, y pudieran así darse a conocer. Obviamente, sin la mirada comprensiva de Ramón Pernas hacia la fragilidad de los lobos, esta camada de hijos de Mary Shelley se habría extraviado en la nieve, o nunca habría logrado salir de la niebla, como tantas veces, a lo largo de los años previos, sucedió.
La mayoría de los libros pueden permitirse prescindir de prólogo, pero este no pertenece a ese grupo. Persuadido de ello, revolví en mi memoria hasta hallar en un cajón olvidado el viejo manuscrito que debía prologar “Cronotemia y otras historias de viajeros del Tiempo”. Fue escrito a mano por Espido Freire el 7 de julio de 1915 en San Petersburgo, y ha sido ella misma quien, gentilmente, lo ha actualizado para adaptarlo a este recodo del camino que con tanta ingenuidad, o temerosos de otros laberintos, nos obstinamos en denominar presente.

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