EDITOR
21 relatos por la educaciÓn
---
SM, 2009 / Gran angular, 283

Idea y dirección: Fernando Marías y Silvia Pérez Trejo

Ana Alcolea, Blanca Álvarez, Fina Casalderrey, Federico Delicado, Agustín Fernández Paz, Enrique Flores, Carlo Frabetti, Espido Freire, Joan Manuel Gisbert, Ricardo Gómez, Ángeles González-Sinde, Belén Gopegui, Cristina Macía, María Menéndez-Ponte, Ricardo Menéndez Salmón, Gonzalo Moure, Vicente Muñoz Puelles, Claudia Ranucci, Care Santos, Tàssies, Antonio Ventura.

--

Un prólogo al son de los tambores, por Fernando Marías

La frase que se veía escrita en el encerado era más larga, pero solo recuerdo de ella seis palabras que se hallaban hacia  la mitad del texto:
“… danzaba al son de los tambores…”.
    Yo debía de tener diez años, debía de ser el año mil novecientos sesenta y ocho. Estábamos en un aula del colegio Santiago Apóstol de Bilbao, en plena clase de lengua. Entonces la asignatura se denominaba así. El maestro, lo digo sin afanes de ironía o demagogia, era un tipo flaco y siniestro llamado don Teófilo. Vestía una bata gris del mismo color ceniza que su rostro, y tenía la costumbre de golpearnos con la regla de madera en la palma de la mano cuando le venía en gana. Eran, también en eso, otros tiempos. Un alumno subrayaba cada una de las palabras del encerado y luego escribía debajo de la línea de tiza su correspondiente análisis, que don Teófilo le iba dictando desde la mesa:
   -“Danzaba”, tercera persona del singular del pretérito perfecto del verbo danzar. “Al”, contracción...
   Cuando llegó el turno de la palabra “son” estalló el suceso nimio (nadie aparte de mí se dio cuenta, tal vez porque era la última hora de clase y había un cansancio generalizado) pero trascendental (nunca he olvidado cómo y por qué me marcó). Don Teófilo dijo:
   -“Son”, tercera persona del singular del presente de indicativo del verbo ser.
   La víspera yo había visto un western donde se hablaba de los tambores guerreros de los indios, y gracias a ello tenía fresca en la memoria la idea de que la palabra “son” definía un sonido rítmico, y por tanto no era un verbo. Excitado por la posesión de un secreto que los demás habían pasado por alto, a juzgar por cómo copiaban en sus cuadernos la errónea definición del maestro, iba a levantar la mano para hacer público el error cuando mi timidez, sumada a la premonición sobre el destino que podía aguardar a la palma de mi mano si desautorizaba al profesor aunque fuera con razón, me recomendó callar.
   Aquel día comprendí que aquellos que nos preparan para vivir pueden equivocarse, incluso no saber de lo que hablan, y durante décadas he vivido con el recuerdo de aquel suceso, en realidad nimio, que me marcó. Pero hoy, recuperándolo para este prólogo, me he dado cuenta de que en realidad fue un hecho enormemente positivo en mi vida. En primer lugar, sentí la excitación de saber algo que los demás ignoran, o mejor aún, la intensidad de descubrir por mí mismo cosas en las que nadie ha reparado. También surgió en mí un dilema, el de hacer público mi hallazgo o permitir que pasara por cierto un error, y sabido es que son los dilemas y conflictos internos los que, al forzarnos a tener criterio y tomar partido frente a las distintas opciones que se nos presentan en la vida, nos hacen crecer como personas. Además, siempre he sido partidario de cuestionar desde la razón toda forma de autoridad, lo que incluye a maestros, medios de comunicación, escritores y políticos, y me pregunto hoy si no fue don Teófilo el origen de este afán crítico, e incluso de este libro.
   No recuerdo nada más de las clases que nos dio aquel año, únicamente aquel memorable minuto al son de los tambores, gracias al cual aprendí que la mejor autoridad es aquella que acepta ser cuestionada, igual que las mejores personas son las que tienen dudas y se hacen preguntas.
   Puede que hoy vivamos tiempos distintos, pero la educación sigue siendo el puente más importante de los que unen a nuestra sociedad con su propio futuro, el único verdaderamente esencial. Y lo será siempre. En este libro de ficción sobre esa faceta de la realidad, veintiún narradores e ilustradores nos recuerdan sin complacencia que algunas preguntas carecen de respuesta, y demasiado a menudo las ilusiones solo se tienen a sí mismas para sostenerse.

- 101 -